Otros mensajes: Intervención del señor Rector de la Universidad Andina Simón Bolívar, Julio Garrett Aillón en el Foro Permanente sobre el tema Marítimo del Instituto de Estudios Internacionales que se llevó a cabo en Cochabamba el 11 de diciembre de 2007. Señores: En primer lugar, deseo saludar la presencia de las ilustres personalidades y amigos reunidos en este Foro y destacar la iniciativa del Instituto de Estudios Internacionales que siguiendo una línea institucional definida y continuada, tiene el propósito de contribuir a encontrar el camino para volver al mar, propósito que comparte la Universidad Andina Simón Bolívar, que aspira a tener un lugar propio, situando el problema en el contexto del proceso de integración de la Comunidad Andina de Naciones. Mi participación se reducirá, en líneas generales, al breve comentario que hice de las dos visiones reunidas en el libro titulado “El largo Conflicto entre Chile y Bolivia” escrito por dos eminentes tratadistas, de Bolivia y Chile, los embajadores Javier Murillo de la Rocha y Luís Maira, que se ocuparon del tema con la competencia y el dominio que les caracteriza. Debo confesar que mi participación en ese contrapunto de ideas y propuestas fue quizá precipitada, porque no tenía otro título para hacerlo que no sea la preocupación por un tema que en Bolivia se ha convertido en una cuestión eminentemente política, y que debe resolverse por la vía política. La cuestión del mar tiene hoy una nueva y suprema importancia para Bolivia, porque más allá de ser un derecho irrenunciable para los bolivianos, la falta de una salida al Pacífico para exportar el gas, está bloqueando la viabilidad de ampliar el mercado a Estados Unidos, México, China e incluso a Chile, creando el peligro y la posibilidad de reducir y paralizar la explotación de las ingentes reservar gasíferas descubiertas en las que Bolivia cifra su futuro. Esta situación que puede causar un inmenso daño al país, exige, ciertamente, replantear la cuestión del mar y redimensionar la demanda marítima de Bolivia para adecuarla a la nueva situación y encontrar una solución realista y posible en la lógica de los intereses de los dos países. Hay un hecho nuevo y capital que marca un hito trascendental en la historia moderna del país y que no siempre sopesamos. En la última década, hemos descubierto que Bolivia puede ser una potencia gasífera en América del Sur, en un momento en que el gas se convierte en el mundo en el energético más importante del siglo XXI, con un mercado en expansión creciente y en una situación en la que Bolivia puede ser un proveedor natural de gas a Estados Unidos, estratégicamente seguro y competitivo, por la menor distancia y su ubicación hemisférica. ¿Cómo puede ser posible, entonces, que este hecho no marque una inflexión en nuestra posición negociadora con Chile y no se refleje en nuestra diplomacia?. Una cosa es negociar un puerto, como en el pasado, con nuestros justos derechos en la carpeta y otra, muy distinta, negociar, como podemos hacerlo hoy, con las reservas gasíferas en la mano, frente a un país que tiene dificultades inocultables para abastecerse de gas y que aparenta no tenerlas y rehúye tratar el tema, y no sin razón, si esa actitud le permite aprovechar la debilidad de la posición de Bolivia que es el resultado de la estrategia inconducente y equivocada del actual y de los gobiernos anteriores, que han puesto al país, en la difícil situación de no saber cómo, por dónde ni bajo qué condiciones, se puede sacar el gas por el Pacífico. En esta coyuntura de crisis y urgencia nacional, la cuestión del mar ya no puede plantearse, entonces, por parte de Bolivia, con la misma estrategia que ha empantanado la solución del conflicto por más de cien años, como si se tratara, solamente, de reparar un despojo y una injusticia histórica La realidad es tan apremiante, que Bolivia no puede soportar ni esperar que la salida al mar madure y se realice en un futuro incierto. La necesidad de resolver la cuestión de la exportación del gas por el Pacífico, es vital e impostergable porque sin exportación, es decir sin mar, no hay explotación del gas posible y sin gas el futuro de Bolivia es impensable. Una salida al Pacífico no solo es un derecho sino una condición indispensable para la expansión de la industria del gas. No existe peor dependencia que la dependencia de un solo mercado. Vender el gas solamente al Brasil y a la Argentina, renunciar a los mercados de ultramar, día que pase, será una limitación que conducirá a Bolivia a la frustración nacional más grande de su historia. La crisis actual de la producción gasífera del país es una situación coyuntural y no me detendré a analizarla. La cuestión de fondo es que Bolivia no podrá ser nunca una potencia gasífera si no puede acceder a los mercados de ultramar y que sin unas salida al Pacífico, esta condición está cerrada y la mediterraneidad se transforma recién, en la más grande limitación para el progreso del país. Frente a una cuestión tan grave, es natural preguntarnos, entonces, cuál es el obstáculo principal que nos impide encontrar una solución?. Es la cuestión de soberanía, indudablemente. Ni Chile acepta una cesión territorial con soberanía, ni Bolivia demanda un acceso al mar que no sea plenamente soberano. Se juega a todo o nada, sin considerar que en política, no se puede pedir a la realidad más de lo que la realidad puede dar, es decir más de lo que razonablemente es posible. Las visiones en torno a la cuestión del mar concluyen, generalmente, en recomendaciones o reflexiones evasivas que señalan la necesidad de crear, o de ir creando, revestidos de paciencia, las condiciones más favorables para encontrar una solución en el futuro por la vía del comercio, la complementación económica, de una reconversión de la memoria colectiva de los dos países, el turismo y hasta se menciona la creación de una conciencia compartida sobre la lucha común contra la pobreza y, naturalmente, se habla de la solidaridad internacional, la revisión de tratados y de principios del derecho internacional, que son irrevisables para la comunidad internacional. No se puede negar que son recomendaciones que hacen sentido, tienen coherencia y son siempre respetables. La vía de la integración, por ejemplo, podría servir para favorecer la solución del conflicto de Bolivia y Chile, y avanzar si se articula el proceso integrador con algo tan real como son las necesidades geopolíticas del Brasil, que está interesado en acercarse al Pacífico y al eje de la economía mundo que ahora se desplaza hacia la China. Bolivia, país de contactos y de tránsito, podría jugar, en este proceso, un papel estratégico y la inflexión suramericana hacia el mercado asiático favorecería en este contexto, nuestra salida al mar. Especialmente claro es el análisis que hace Javier Murillo de la Rocha sobre la naturaleza y las consecuencias del doble cercenamiento que sufrió Bolivia en la Guerra del Pacífico, en la que no solo se pierde un territorio, sino la salida al mar. No ocurrió lo mismo con el Perú, que sufre una desmembración territorial, pero no pierde el mar, Bolivia, es cierto, sufrió muchas desmembraciones, enormes en términos cuantitativos. Pero solo una, la del Litoral, le privó de un atributo de soberanía, la salida al mar. Ese despojo se entrecruza hoy día con lo que se considera el principal objetivo estratégico del país: la explotación del gas y la necesidad de una salida al Pacífico para la ampliación del mercado. En esta posibilidad se cifra hoy día el desarrollo futuro del país y la oportunidad histórica de cambio y desarrollo que se asienta en el descubrimiento de cerca de 70 trillones de pies cúbicos de gas, tomando en cuenta Huacaya e Incahuasi, reservas que representan en boca de pozo, a los precios actuales, un valor de mucho más de setenta mil millones de dólares, riqueza descubierta con la exploración de solo el 14% de la zona gasífera del país. Esta es, pues, la nueva realidad en la que se inscribe la agenda del mar y de la necesidad de encontrar una solución inaplazable con Chile o el Perú, para exportar el gas por el Pacífico. A la luz de los estudios técnicos, la geografía, la distancia, el calado de los puertos, las inversiones y el propio interés de las empresas gasíferas, es, razonablemente, más conveniente para el país exportar el gas por Chile que por el Perú, pero en la disyuntiva de salir de esta encrucijada, Bolivia tendrá que optar por cualquier alternativa y dejar abierta la posibilidad de llegar a un acuerdo con el Perú, así tuviera algunas desventajas. Hay que admitir, pues, que en esta nueva situación, ya no bastan las disquisiciones sobre la forma de encarar la perspectiva futura del diferendo, como se propone con tanta versación y mesura diplomática, por Murillo de la Rocha y Luís Maira, ni solamente ordenar un razonamiento que permita despejar una visión hacia el futuro, ahora estamos obligados a proponer sin evasivas, la forma concretade llegar a un acuerdo con Chile. Estamos en una situación límite y tenemos que atrevernos, a plantear propuestas realistas. En este momento, para qué queremos el mar si no es para exportar el gas por el Pacífico y sin embargo se plantea la concesión de Arica, que puede servir para todo, menos para exportar el gas, porque es un puerto de aguas superficiales y sin el calado necesario, inservible para la exportación de gas líquido. Y naturalmente, junto con Arica se pide el famosos corredor a lo largo de la frontera de Chile con el Perú, para hacer todavía más irracional la propuesta sabiendo que el Perú, por una razón nacional, jamás aceptaría perder su frontera con Chile. Lo primero que debemos considerar es que la recuperación del mar es un proceso histórico que, como todo proceso, tiene etapas. Creo que en la primera etapa, lo fundamental es redimensionar la demanda boliviana para darle espacios de respuesta a Chile y no plantear nuestra propuesta poniendo por delante una condición imposible: una salida al mar con plena soberanía, que cierra, de entrada, toda posibilidad real de arreglo, como hizo el presidente Mesa, utilizando el mar con fines políticos internos, revelando la misma falta de visión que puso en evidencia cuando esperaba que Bolivia podía recuperar el mar gracias a la solidaridad internacional. Cuando se propone redimensionar la cuestión marítima, queremos decir que ni Bolivia debe plantear una salida al mar con plena soberanía, ni Chile seguir negándose a dar una solución si la demanda se plantea sin tocar la soberanía. Por tanto, si no se quiere entrampar la solución del problema con el tema de la soberanía, hay que cambiar el rumbo de la estrategia hacia una tesis realista, nueva y posible. La tesis que proponemos es plantear la salida al mar a través de un enclave territorial boliviano en la costa del Pacífico, que sin ser soberano tenga un status de soberanía y extraterritorialidad, es decir, una soberanía de facto aunque no de juris. La propuesta no es nueva, Bolivia solicitó a Chile la cesión de un enclave en dos oportunidades, en 1950 y 1975, pero en ambos casos el enclave debía ser propio y soberano. Lo que ahora se plantea, es un enclave sin cesión del derecho propietario del territorio, en el que se podrá ejercer temporalmente, por cien años, todos los atributos de soberanía, menos uno, el derecho de enajenar el territorio. El enclave sería concedido por Chile bajo una garantía internacional y tendría la extensión necesaria para construir (1) un puerto internacional propio, (2) la terminal de exportación de gas a ultramar y (3) la planta de licuefacción y petroquímica. Al proponer la tesis del enclave en esta forma, partimos del hecho de que en las actuales circunstancias, objetivamente, no existen en Chile las condiciones políticas necesarias para otorgar a Bolivia una salida al mar con soberanía, como no existen en Bolivia, condiciones internas para aceptar una salida al mar sin plena soberanía. En esta situación, el tema de la soberanía es, pues, el doble candado que cierra la puerta de todo arreglo posible. Para salir del dilema, debemos aceptar que la soberanía no es un principio absoluto ni indispensable para tener en los hechos, una salida al mar y que para todos los fines útiles de un entendimiento y acuerdo posible con Chile, Bolivia puede recuperar su cualidad marítima, es decir, el acceso al mar, a través de un enclave en la costa del Pacífico, con soberanía de facto, aunque no de jure, es decir con soberanía de hecho y no de derecho, como dijimos antes tal como ocurre generalmente en la práctica internacional de los enclaves. Al dejar de lado la cuestión de la soberanía absoluta, se abre la posibilidad real e inmediata de negociar el mar sin claudicar la reivindicación marítima para Bolivia y sin comprometer el principio de soberanía para Chile. En un marco bilateral, Bolivia solicitaría el enclave a Chile en forma directa y abierta, de cara al mundo y al país. Así lo exige la situación interna e internacional a la que se ha llegado. A cambio del enclave, Chile tendría acceso permanente y privilegiado al gas boliviano, para su desarrollo y expansión energética, en forma segura y continuada, compensación que sería vital para su economía, considerando su debilidad gasífera y vulnerabilidad energética. Además, Chile se beneficiaría con el efecto multiplicador de la inmensa inversión que se debe hacer en la zona del enclave en la planta de licuefacción, que sería, de hecho, un polo de desarrollo integrado al Norte de Chile. El gasoducto llegaría hasta la terminal gasífera, sin costo para ese país y le serviría para abastecerse de gas con seguridad estratégica, no solo por la magnitud de las reservas bolivianas sino por la fiabilidad de la relación, aspecto que es fundamental para medir la dimensión y el valor de la compensación de la demanda. El enclave sería concedido mediante un comodato a 99 años prorrogables, en un lugar y una dimensión a negociarse, previsiblemente Patillos, que tiene un calado profundo a diferencia de Arica que, como hemos dicho, es un puerto inútil para la exportación de gas. La idea del enclave es un paso intermedio, la primera etapa del largo proceso que será necesario recorrer para recuperar el mar con plena soberanía. Pero es un avance, una solución pragmática y posible, por cien años. En realidad Bolivia y Chile avanzaron mucho en esta dirección durante la negociación de una Zona Económica Especial que tuvo lugar el 2002, para la instalación de una terminal de exportación de gas a Estados Unidos en la costa del Océano Pacífico. Chile aceptó conceder la Zona por 60 años, la aplicación de leyes laborales y tributarias bolivianas, autonomía administrativa y gerencial de la terminal, una zona para las plantas petroquímicas y mejoras en el régimen de tránsito. La concesión de esta Zona es un antecedente importantísimo, pero no basta. Las facilidades ofrecidas por Chile no pueden ser aceptadas por Bolivia como una restitución de la cualidad marítima despojada al país, porque una terminal gasífera no es, ciertamente, un puerto. Y la única aspiración que puede justificar un enclave y unir a los bolivianos en un consenso nacional, es la esperanza de construir y tener un puerto en el enclave. No podemos olvidar que la cuestión de soberanía es también un impedimento en Bolivia y que la idea del enclave podrá ser una idea fuerza únicamente si está asociada y se confunde con la idea de un puerto propio para Bolivia. La solidaridad internacional a la causa marítima de Bolivia, ha tenido siempre la debilidad subyacente de tropezar con el respeto al principio de la intangibilidad de los tratados internacionales que es la base de la convivencia pacífica de las naciones. La propuesta del enclave, al no tocar el Tratado de 1904, previsiblemente, merecería la aprobación internacional y podría despertar una genuina solidaridad, que sin duda pesaría sobre Chile que, de no aceptar una solución que no hiere su soberanía y ningún interés vital de ese país, pondría en evidencia una posición falsa y torcida. Como vemos la verdadera solución del conflicto tiene que surgir de la realidad y lo posible. El instrumento del diálogo es insustituible si se quiere avanzar en ese sentido, por un camino de concertación y entendimiento y no de confrontación. Pienso, que el marco del diálogo bilateral ha mejorado en la situación política actual, sobre todo, en la medida en que la crisis energética de Chile se agudiza en forma creciente, lo que, ciertamente, puede favorecer la negociación. En Bolivia, igualmente, una vez que la oposición a la venta de gas a Chile el 2003, logró sus objetivos políticos internos, la influencia del actual gobierno en esos sectores recalcitrantes, puede favorecer una actitud que apartada del juego de los intereses políticos internos, se incline por una solución realista y de salvación nacional. Bolivia está en la encrucijada de problemas y disyuntivas de tanta urgencia nacional, que tendrá que encontrar necesariamente ahora, la forma de lograr una salida al Pacífico por la vía de Chile o el Perú, aunque lo mejor sería avanzar juntos, Bolivia, Chile y el Perú, para encontrar la solución en un clima de concordia y entendimiento internacional y de paz y consenso interno. Gracias. Cochabamba, diciembre de 2007
|
|
Universidad Andina Simón Bolívar
Calle . R. Audiencia No. 73 - Telf.: (591-4) 6460265 - Fax: (591-4)6460833 Casilla No. 545 - email: uasb@uasb.edu.bo Sucre - BOLIVIA |